Las malas noticias a menudo son un alivio. No porque el resultado sea bueno, sino porque la espera terminó. Si esto te suena familiar, puede que tengas lo que los psicólogos llaman intolerancia a la incertidumbre: una tendencia a experimentar lo desconocido como amenazante, sin importar cuán probable sea realmente un mal resultado.
Un modelo de Terapia Cognitivo-Conductual (CBT) sobre la ansiedad generalizada identificó la intolerancia a la incertidumbre como el factor individual más fuerte que separa a las personas con niveles clínicos de preocupación de aquellas sin ellos. En un estudio experimental sobre la preocupación, cuando los investigadores aumentaron artificialmente la intolerancia a la incertidumbre de los participantes mediante una tarea de laboratorio, los niveles de preocupación subieron en paralelo. Cuando la disminuyeron, la preocupación bajó. La probabilidad de que algo saliera mal importaba mucho menos que el simple hecho de no saber.
Las imágenes cerebrales lo confirman. Las personas con alta intolerancia a la incertidumbre muestran más actividad en la corteza prefrontal, el monitor de amenazas del cerebro, y respuestas más débiles en la amígdala, su centro de alarma. Tu cerebro no solo se siente incómodo con lo desconocido. Lo está tratando como peligroso.
Cómo se ve
Las huellas conductuales son específicas.
- Postergar decisiones porque necesitas un poco más de información, y luego un poco más después de eso.
- Buscar tranquilidad, sentirte brevemente mejor y luego necesitar preguntar de nuevo en cuestión de minutos.
- Evitar cualquier cosa donde el resultado no esté garantizado.
- Tratar la preocupación como resolución de problemas, como si pensar más intensamente fuera a cerrar la brecha entre ahora y saber.
Aflojar el agarre
No puedes eliminar la incertidumbre. Pero puedes cambiar tu relación con ella.
- Nombra la incomodidad, no el resultado. En lugar de "¿Y si sale mal?" prueba con "Me está costando no saber en este momento." Esto te saca de un futuro imaginado y te trae al momento real.
- Limita la búsqueda de tranquilidad. Una revisión. Una pregunta. Después, nota el impulso sin actuar sobre él.
- Practica con pequeñas incertidumbres. Prueba un restaurante sin leer reseñas. Toma una ruta diferente a casa. La exposición repetida de bajo riesgo le enseña a tu cerebro que no saber es sobrevivible. El objetivo no es sentirte cómodo con la incertidumbre. Es aprender que puedes soportar la espera.